Como todas las mañanas, los gorjeos de las golondrinas me despertaron antes incluso que los tímidos rayos de sol inundasen la placeta de la calleja. Gustaban de posarse en los escuchimizados cables del teléfono y para un muchacho de ciudad como yo, no podía haber mejor manera de despertarse.
Mi tío Próspero ya hacía rato que ordeñaba a la cabra en la cuadra y se oía traginar a mi tía, la Bernarda, una mujer tan menuda y hacendosa que parecía mismamente un duendecillo que no paraba ni un instante en la casa.
